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domingo, 12 de septiembre de 2010

24°DOMINGO DURANTE EL AÑO


PARABOLAS DE LA OVEJA Y LA MONEDA PERDIDAS
LUCAS 15, 1-10

Se ha llamado a estas parábolas del capítulo 15 de San Lucas las “parábolas de la confrontación”. Existen en ellas dos puntos de vista, dos mentalidades, dos concepciones de Dios enfrentadas.

Por una parte está la conducta de Jesús abierta y dialogante, sin clasismos de pureza legal, que no huye de los pecadores sino que los busca y acepta sentarse a la mesa con ellos. Por otra parte está la reacción intelectual-legal provocada por esta conducta: el que hace eso no puede venir de Dios. Jesús quiere revelar el verdadero rostro de Dios. No se puede partir de nuestros conceptos para elaborar un Dios a nuestra medida, al contrario, hay que dejarse instruir por las enseñanzas de Jesús, revelador del Padre, y por sus conceptos llegar al verdadero rostro de Dios.

En estas parábolas se destruye el ídolo de una falsa divinidad, rígida en su majestad con exigencias de adoración, para poner en su lugar la realidad del verdadero Dios de Jesucristo, un Padre lleno de amor que espera día y noche o sale Él mismo al encuentro de sus hijos para celebrar con gran regocijo la alegría del regreso.

Parábola de la oveja perdida

Es tan breve como encantadora. Subraya:1) La solícita atención de Dios con los pecadores y descreídos, con los marginados y mal vistos; 2) La alegría festiva de encontrar lo perdido. El texto está cargado de sorpresa e ironía.

Es sorprendente que Jesús compare el sentimiento y la actitud de Dios con los de un pastor. Junto con los recaudadores y otros oficios despreciables (usureros, cambistas, vendedores ambulantes, curtidores…), los pastores habían llegado a ser personas de mala fama, contados sin discusión entre los pecadores. Eran sospechosos de no cumplir la ley y de andar mezclados en todo tipo de trampas y robos.

También resulta sorprendente que deje las noventa y nueve y se vaya a buscar la perdida. Un detalle: el pastor al encontrar su oveja tenga que llevarla a hombros, hacen pensar que ésta era un animal especialmente débil. No es el valor del animal lo que impulsa al pastor a buscarla. Es sencillamente el hecho de que la oveja es suya y la quiere.

Es sorprendente e irónica la inversión de valores: los perdidos, los descreídos, los marginados y excluidos por la sociedad religiosa, si se enmiendan activan su capacidad de hacer fiesta y la comparten con los demás. Todos los publicanos y pecadores se acercan a Jesús, y que los fariseos y maestros de la Ley (los que se consideran justos) sólo se dediquen a murmurar. Éstos no tienen la capacidad ni sienten necesidad de enmienda.

Parábola de la moneda perdida

Esta parábola pone de manifiesto lo mismo. Sacada de la realidad cotidiana, todos pueden entenderla. La preocupación por la moneda perdida, el empeño en buscarla y la alegría de encontrarla, sirven para descubrir las actitudes que se dan en Dios y que Jesús está viviendo de cara a las personas marginadas y pecadoras. Muestra que Dios ama a todos, sea cual sea su conducta, en cambio, los fariseos y los letrados desprecian a los pecadores, descreídos y publicanos porque no observan la Ley.
Para nosotros que buscamos justificaciones ante Dios y creemos saber cómo debe actuar Él, estas parábolas ponen de manifiesto que el amor de Dios va más allá de lo que pensamos. Dios obra como quien ama y está preocupado por la suerte del ser querido. Él toma la iniciativa (como el pastor y la mujer). Para Él somos algo valioso. No somos uno más. Cada uno de nosotros es único. Esta revelación debería seducir a todos, y sobre todo a las personas que están habituadas a Dios. Pero, de hecho, semejante revelación disgusta a muchos cuando no se es sensible al don gratuito.

Hay algo que los creyentes no deberíamos olvidar nunca. Por muy perdidos que nos encontremos, por muy fracasados que nos sintamos, por muy culpables que nos veamos, siempre hay salida. Cuando nos encontramos perdidos, una cosa es segura: Dios es Alguien que busca precisamente a los perdidos.

Si nos fijamos en Mateo 18, 12-14 comparándola con la de Lucas, el auditorio de Mateo es completamente diferente. Jesús no la dirige a sus adversarios, sino a sus discípulos. De acuerdo con esto, la conclusión tiene otro acento: “Es voluntad del Padre del cielo que no se pierda ni uno solo de estos pequeños”. Enmarcada en la amonestación de no despreciar a los pequeños y en la indicación sobre la conducta que se debe seguir con el hermano pecador. Dios quiere que nosotros nos ocupemos del hermano caído tan fielmente como el pastor de la parábola tras la oveja perdida. El cambio de auditorio y del contexto ha traído cambio de acento. Lo que Lucas es revelación de Dios se ha convertido en Mateo en exhortación.

Por eso, uno de los mensajes de estas parábolas es la gratuidad ilógica y gozosamente desconcertante de la misericordia de Dios a favor de los marginados y despreciados de aquella sociedad. Es también la condena de un mundo farisaicamente dividido en dos frentes, el de los justos y buenos u ortodoxos oficiales y el de los pecadores o malos o heterodoxos. Dios rompe nuestros esquemas, normas y costumbres. Su forma de ser y actuar, revelada en Jesús, pone entre dicho nuestros valores y conducta, la lógica por la que nos movemos y que queremos imponer a todos. Lo suyo es gratuidad, y como todo lo gratuito se nos presenta como una locura o algo ilógico, porque nos supera y sorprende siempre.

Para orar

La oración con esta página evangélica ofrece muchas posibilidades:
Contemplar a Jesús rodeado de pecadores, mal vistos y pobres. Ver su polémica, su afrontamiento, su cercanía a los marginados. Verle pronunciar estas parábolas, y al decirlas, desvelarnos el rostro de Dios y el suyo.
Identificarse uno mismo con la oveja perdida. Verse pecador, necesitado de conversión
Contemplar el amor desconcertante de Dios y gozar con Él. Dios me quiere no por lo que yo hago, sino porque soy de Él. Alegrarme con su alegría, y tener plena confianza.
Amar como Dios ama, como Jesús ama: salir de mí, acercarme a quien él se acerca, buscar a quien Él busca, alegrarme por lo que Él se alegra.

miércoles, 25 de agosto de 2010

JUBILEO DIOCESANO

1961-2011

CARTA PASTORAL ANUNCIANDO EL JUBILEO DIOCESANO

Al Pueblo de Dios que peregrina en la Iglesia particular de Avellaneda-Lanús y a todos los hombres de buena voluntad. En el marco de nuestro Festejo del Bicentenario de nuestra querida Nación Argentina, iniciamos hoy la preparación para nuestro Jubileo Diocesano de Avellaneda-Lanús. Hacer Jubileo, o celebrarlo, es dar gracias a Dios a través de la Iglesia, que el Santo Padre Beato Juan XXIII, con la Bula, "Cum Regnum Dei" el 10 de abril de 1961 creó en aquel entonces el inicio de nuestra Diócesis.

El 24 de abril del 2001 el Papa Juan Pablo II cambió el nombre y amplió los límites uniendo a la Diócesis de Avellaneda el partido de Lanús, el cual pertenecía a la Diócesis de Lomas de Zamora. A partir de esta decisión, se amplió la mesa de comensales y se enriqueció la familia diocesana, conformando la "nueva realidad" de Avellaneda-Lanús. Toda realidad tiene su proceso, su gestación, sus conflictos, su historia.

Celebrar los primeros 50 años como diócesis, es dar gracias a Dios por este don. El regalo de ser Iglesia Diocesana, de ser parte del pueblo de Dios, de celebrar la fe, de vivir la caridad y de marchar juntos como hermanos en la esperanza. Este proceso no es híbrido. Debe tomar consistencia. Debe nutrirse, alimentarse y además desarrollarse. Nuestra Iglesia, debe ser madura y responsable. Madura pues se pertenece, y sabe hacia dónde se dirige. Conduce su vida y su historia. El maduro posee la capacidad de engendrar vida. Y el responsable, no vive superficialmente ni de modo egoísta o distraído, sino que tiene una postura abierta, comunicativa, solidaria, reconociendo sobre todo a los demás como parte de su misma vida y de su historia.

Por esta razón la Iglesia debe ser abierta, comunicativa, expansiva, alegre, creativa, entusiasta, realista y comprometida. No solo en las palabras, sino en las obras, y estas obras deben corroborar el testimonio y la fuerza de la palabra. Esta convocatoria debe abarcar a todos los estamentos y a todas las personas que componen nuestra iglesia y nuestra sociedad. La Iglesia, debe estar donde está el "hombre" El camino de la Iglesia es el hombre, nos decía Juan Pablo II, cuando nos habla de la misión de la Iglesia, ya que "el hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión" (Centesimus Annus, nº 53).

Por esta razón todos nos debemos sentir involucrados. No queremos quedar en eventos. Es el espíritu que nos debe mover y trabajar por dentro, para que toda la realidad celebrativa se vea impregnada de una evangelización nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión" (documento de Trabajo. CEA, Bs. As. 1989). El inicio de este Jubileo será en nuestras Fiestas Patronales del próximo 15 de Agosto de 2010, concluyendo el 15 de Octubre de 2011.

Nos ponemos en marcha. He creado una Comisión para el Jubileo que tendrá en cuenta a todos los sectores y lugares de toda nuestra Diócesis. Le pedimos al Señor que la presencia del Espíritu Santo, en este Pentecostés, nos ilumine, nos encienda con el fuego de su amor y nos haga experimentar el encuentro personal con el Señor para expresar de modo convencido la alegría del testimonio y la fuerza del anuncio en nuestras vidas, en nuestras familias, en nuestros apostolados y en nuestra Sociedad.

La Virgen Madre, reunida con los apóstoles preparen nuestro corazón y nuestro tabernáculo para que Cristo el Señor de la Historia reine en nuestras vidas, y pueda ser conocido y amado por todos, para que todos crean en Él y tengan vida en abundancia.

Mons. Rubén O. Frassia
Obispo de Avellaneda-Lanús.
23 de Mayo de 2010


Oración del Jubileo
Ustedes son el cuerpo de Cristo (1 Cor, 12,27)

Señor, queremos darte gracias
por habernos llamado a ser iglesia Diocesana,
Cuerpo de Cristo que peregrina en Avellaneda-Lanús hacia tu encuentro;
por celebrar la fe, vivir la caridad
y marchar juntos como hermanos en la esperanza.

Te bendecimos con ánimo agradecido,
porque nos convocaste a ser instrumentos
de tu reino de amor, vida, justicia y paz
y nos encomendaste la obra de tus manos
para ponernos al servicio de todos.


En este jubileo Diocesano
también queremos pedirte perdón
por nuestros errores, infidelidades,
incoherencias y lentitudes
en responder a tu Palabra,
sabiendo que esto nos ayuda
a reforzar nuestra fe,
haciéndonos capaces y dispuestos para superar
las tentaciones y las dificultades.

Concédenos tu Espíritu para ser:
Una Iglesia que Viva la Comunión,
y construya la unidad del Cuerpo de Cristo
en todo momento.
Una Iglesia Madura y Responsable,
que sepa hacia dónde se dirige.
Una Iglesia Comunicativa y Solidaria,
que reconozca a los demás
como parte de su vida y de su historia.
Una Iglesia Alegre y Comprometida en la Misión,
no solo en las palabras sino sobre todo en las obras.

Que la Santísima Virgen María de la Asunción,
Madre y Patrona de nuestra Diócesis
y Santa Teresa de Jesús, intercedan por nosotros.
Amén.